Me contaron esta historia hace diez u once años. En su momento me impactó mucho, si la escuchara por primera vez hoy probablemente no me llamaría la atención. Dudo que a ustedes les produzca la mitad de lo que le produjo al nene de ocho o nueve años que era yo, pero la quiero contar igual. La historia es más o menos así.
Habían salido. Lo habían dejado sólo en la casa, con sus doce años y un perro.
Llovía muchísimo. El viento azotaba la casa, la única en varios kilómetros. Era de noche; era muy de noche. Las tormentas eléctricas, siempre paradójicas, cortaron la luz.
No tenía velas. Tenía miedo.
Se fue a dormir, cansado de tener miedo.
Un rato después despertó, con miedo. Seguía lloviendo. En el techo había una gotera. El agua caía, rápida, en un balde. El perro, debajo de su cama, le lamía la mano, apoyada en el suelo, y le daba confianza para seguir durmiendo.
Volvió a despertar no mucho más tarde. Llovía menos. Goteaba menos. El balde se llenaba más lentamente.
Se oían ruidos en la casa. Pasos, un caminar pausado y cauteloso, de quien no quiere ser oído. Cuando estaba sólo en la casa siempre se oían ruidos, siempre había alguien más. Siempre tenía miedo.
El perro, debajo de la cama, también con miedo, volvió a lamerle la mano, todavía en el suelo, y le dio confianza para dormirse de nuevo.
Cuando despertó por tercera vez era ya muy tarde. Ya casi no llovía. Gotas de agua -o quizá la misma gota-, ahora más espaciadas, caían en el balde, ya casi lleno, salpicando.
Más ruidos. Más miedo. Cuando se quedaba sólo en casa, siempre había ruidos que oía sólo el miedo. El perro, debajo de la cama, casi tan temeroso como él, lamió una vez más, de forma mucho más tímida, la misma mano, apoyada en el suelo, y él se volvió a dormir.
La última vez que despertó había dejado de llover. La noche no cesaba. Las estrellas se habían apagado pero había vuelto la luz. Ya no goteaba más agua; ahora goteaba sangre.
Quedó paralizado. Estiró la mano debajo de la cama, pero el perro esta vez no estaba, y su lengua tampoco.
La puerta del baño estaba arrimada, al igual que nunca. Se levanto y la abrió. Entró al baño y prendió la luz. En la bañera había un perro. En la bañera había un perro sin visceras.
En el espejo había algo raro. Una inscripción. Escrita con sangre. Antes de escuchar ruidos de pasos que se acercaban, seguramente creados por su imaginación, leyó: “los locos también lamen”.
3 Son boleta:
La versión que me contaron a mí era de una chica que vivía sola en el medio de la nada, con el perro, que ella bajaba la mano cada vez que tenía miedo, y en el espejo decía 'el que está bajo la cama no es tu perro'.
En su momento tuvo onda, sí, pero si lo pensás, el argumento de cualquier película de terror no es mucho más agudo.
a mi me lo contaron igual, fue un bajón, hace poco que retomé el hábito de poner un pie o una mano afuera del perímetro de la cama, tre men do
si habre escuchado esa historia! amo las leyendas urbanas :)
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